Ana Belén Jiménez Armiñana

DESCRIPCIÓN:

Mujer de 1,60 m., complexión fuerte, pelo largo, liso, castaño oscuro, ojos claros gris verdosos. Tiene una cicatriz en el maxilar izquierdo por una intervención quirúrgica. No llevaba documentación cuando desapareció.

 

DESAPARICIÓN:

Fecha de la desaparición: 08/07/1994 (tenía 18 años). Tuvo una desavenencia con su padre y se marchó de casa en Villarobledo (Albacete).

 

CONTACTO:

Llamar a la Guardia Civil de Albacete, 323ª Comandancia y/o INTER-SOS: 676.166.977



HISTORIAL DE ACCIONES


Una fuga de tres días que se han convertido en 10.000

Antonia Armiñana con una imagen de su hija Ana Belén Jiménez, desaparecida en 1994. Antonia Armiñana, con una foto de su hija Ana Belén.
Antonia Armiñana con una imagen de su hija Ana Belén Jiménez, desaparecida en 1994. Antonia Armiñana, con una foto de su hija Ana Belén.

Fuente: https://www.elmundo.es/espana/2021/08/05/60def9f9fdddff5da88b4625.html

 

"Estamos aquí esperando tu regreso para abrazarte de nuevo, sin preguntas, sin cuestionarte, sin por qué", escribe Mari Carmen a su hermana Ana Belén, desaparecida en 1994

 

La cabina telefónica no es la clásica con forma de caja cerrada que había entonces, pero se mantiene en el mismo lugar, en la esquina frente al cuartel de la Guardia Civil de Villarrobledo (Albacete). Aquí se registró la última señal de vida de Ana Belén Jiménez Armiñano, desaparecida a los 18 años de edad la madrugada del 7 de julio de 1994. Su hermana Mari Carmen, siete años mayor, recuerda así la conversación que mantuvieron.

- A las 05.00 me llamó al fijo de mi casa desde la cabina. Se oían las monedas caer. "No te preocupes, que me voy unos días, díselo a papá y a mamá", me dijo. Yo me puse nerviosa. "¿Pero dónde vas? Voy a llamar ahora mismo a papá y salgo a buscarte". "Me quedan nueve pesetas...". Y se cortó.

Todos los familiares de desaparecidos arrastran cierto grado de culpa: si hubiera hecho esto, si le hubiera dicho aquello. A Mari Carmen, aquella llamada parece pesarle como una losa. "He estado oyendo el teléfono sonar toda la vida, me he sentido fatal de no decirle otra cosa. Mi madre me decía: ¿Y por qué no le dijiste que se fuera a tu casa, que no se enfadara?", contaba durante la entrevista, a la que asistía acompañando a su madre, Antonia Armiñana.

Tres días después del encuentro nos enviaba este mensaje por whatsapp. "Quería decirte si es posible que en el artículo sobre mi hermana añadieras estas palabras: 'Quiero pedirte perdón por no decirte las palabras que necesitabas escuchar aquella madrugada, por no estar a la altura de lo que esperabas en ese momento. Llevo 27 años sintiéndome culpable, esperando otra llamada tuya para decirte que vuelvas. Que si puedes y quieres estamos aquí esperando tu regreso para abrazarte de nuevo, sin preguntas, sin cuestionarte, sin por qué, sólo esperando ver tus preciosos ojos y tu sonrisa cariñosa. Decirte que para mí sigues siendo mi hermana pequeña, frágil y sensible, que te sigo soñando como la última vez que te vi, que sólo me dejaste conocerte hasta los 18 y quiero seguir aprendiendo contigo, que llevamos demasiado tiempo sin ti... imaginándote, sufriendo, rezando para que estés bien y siempre, siempre, siempre, esperando saber de ti para devolverte los abrazos y los besos que tenemos aún pendientes. Te seguimos buscando, te seguimos esperando y te seguimos amando'".

La cabina se tragó las monedas y Mari Carmen, como había dicho a su hermana, llamó al padre, Cayetano. Los dos salieron a buscarla antes del alba. Fueron primero a la estación de trenes y luego a la de autobuses, y ni en una ni en la otra habían visto a nadie con las características de Ana Belén. Ni siquiera habían dispensado billetes.

Antonia observa fotos de su hija y de su marido, fallecido.
Antonia observa fotos de su hija y de su marido, fallecido.

De camino al cuartel de la Guardia Civil, pasaron por el taller mecánico del padre, ubicado en la misma avenida, no muy lejos de la cabina. En la puerta encontraron pegadas una esclava de plata que Cayetano le había regalado a su hija y una nota. Ésta fue entregada a la Policía, por lo que no se puede reproducir exactamente su contenido, pero decía más o menos así: "Me voy unos días, que necesito pensar. He cogido 1.800 pesetas [unos 11 euros] del monedero de mamá y llevo pastillas para tres días. No os preocupéis". Se marchó literalmente con lo puesto, sin el DNI y sin siquiera un bolso. Nunca antes se había escapado de casa.

Llegados a este punto, para contextualizar la desaparición, hay que rebobinar unas horas atrás, hasta el mediodía del día anterior, el 6 de julio de 1994. Esta vez es la madre, Antonia, quien narra lo sucedido.

- Terminamos de comer, serían las tres, y veo que va al baño a arreglarse. "¿Dónde vas?". "A tomar café con unas amigas". "Ana, con el calor que hace... Llámalas y quedas más tarde y tú te echas, que ya sabes que el medico te dice que descanses". Ella tenía epilepsia y le daban ataques, tenía que estar muy relajada. No podía beber, ni fumar ni ir a la discoteca porque las luces y todo eso le sentaban fatal. "Mamá, es tomar un café y vuelvo".

Las cuatro, las cinco, las seis, las siete, las ocho, las nueve, las 10... Ana regresó a casa a las 11 de la noche. Su padre la recibió visiblemente enojado.

- Mi marido se puso a vocear porque estaba enfadado, pero ni tocarle un pelo, que nos dijeron que la podíamos haber matado nosotros.

Lo que empezó siendo una acalorada bronca, asegura Antonia, acabó con tono relajado y con los tres yéndose a la cama bien avenidos. Así cerraron la conversación sobre la 01.30 horas.

- La preocupación nuestra es que como cuando te da un ataque te caes al suelo, te des un mal golpe y no nos enteremos. No te cuesta nada llamar si vas a llegar tarde.

- Sí, no os preocupéis, no lo volveré a hacer.

¿Qué pasó entre el beso de buenas noches y la llamada desde la cabina a las cinco de la madrugada? ¿Contactó con ella alguien y la incitó a marcharse? ¿Lo tenía planeado? ¿Cómo salió del pueblo? ¿Con quién se fue?¿A dónde? A ninguna de estas preguntas tiene la familia ni la Guardia Civil respuestas.

La fotografía y la pulsera de comunión de Ana Belén.
La fotografía y la pulsera de comunión de Ana Belén.

on la misma lentitud que corrió el reloj aquella tarde en la que Ana Belén salió a tomar café pasaron las jornadas siguientes en espera de un regreso que nunca se produjo. Los tres días que anunció que estaría fuera han acabado convirtiéndose en casi 10.000.

- Siempre he dicho que lo peor para unos padres es que se te muera un hijo, pero, después de lo que he vivido yo, creo que es peor lo de mi hija, que no sé si está viva o si está muerta. Me dice mucha gente: "No hay cuerpo, tu hija está viva". Por eso dije que sí [a la entrevista] por si está viva y ahora tiene más conocimiento. Según como esté, porque como esté sin tratamiento... No lo podía dejar y no sé si se lo habrán dado. Si alguien supiera o estuviera con alguien, que me diga "tu hija está viva". Y yo me iría a verla, me da igual dónde, aunque esté en un prostíbulo, iría a verla y le daría un montón de besos. Y si se quiere venir, bien; y si no, nada, pero verla.

En la conversación está presente, como ya se ha dicho, Mari Carmen, la hija mayor -la mediana, María José, vive en Granada- y también Angelines, cuñada de Antonia. Es ésta quien introduce en la charla cómo Antonia abusó de los somníferos tras la desaparición.

- Le tuvieron que hacer lavados de estómago varias veces por las pastillas, dice Angelines.

- Con alcohol y todo llegó a tomárselas, dice Mari Carmen.

- Si estoy en esta vida es porque Dios ha querido. Una vez me tomé medio bote de pastillas y media botella de whisky y estuve dos días durmiendo. Yo sólo quería dormir porque durmiendo no me acordaba de nada, dice Antonia.

De lo leído hasta aquí se desprende que en la balanza en la que la familia calibra si Ana Belén está viva o muerta pesa más lo primero. Se aferran al "no hay cuerpo, tu hija está viva" y a un par de indicios.

- Durante los primeros meses, antes de quitar el fijo [tuvieron que hacerlo hartos de llamadas de bromistas y desalmados], llamaba muchas veces un señor diciendo que la dejáramos de buscar. Mi marido le dijo que sí, pero que se lo dijera ella. "Ella no se puede poner". "Pues hasta que mi hija no me lo pida no la dejamos de buscar", cuenta Antonia.

- Y alguien en su nombre llamó al registro del Ayuntamiento pidiendo documentación de Ana Belén. El del registro le dijo que no se la podía dar, que tenía que venir en persona. El funcionario conocía a mi padre y cuando se lo contó... "¿Cómo?, ¿sabiendo la situación no le pediste un teléfono, una dirección..?", añade Mari Carmen.

Cayetano Jiménez, quien dejó de trabajar para volcarse en la búsqueda de su hija y fundar AFADECAM -Asociación de Familiares y Amigos de Desaparecidos de Castilla-La Mancha-, ya había fallecido cuando aparecieron unos huesos. Un cáncer se lo llevó en 2006.

Antonia en la cabina desde donde su hija llamó antes de irse. Antonia en la cabina desde donde su hija llamó antes de irse.
Antonia en la cabina desde donde su hija llamó antes de irse. Antonia en la cabina desde donde su hija llamó antes de irse.

- Hicieron una obra a la vuelta y encontraron unos huesos. Me llamó una periodista: "Antonia, enhorabuena, que ha salido tu hija". "¿Cómo que ha salido mi hija?". "Si lo sabe todo el pueblo...". Salgo a la calle y voy a la tienda de ropa de vestidos, Maribel se llama la chica. "No te preocupes". Yo iba llorando. "Son mentiras. Vete a tu casa y no hagas caso a la gente, que somos todos muy malos". A la vuelta, paro en otra tienda. "¿Qué ha pasado?", pregunté. "¿Que qué ha pasado? Si hasta en el instituto lo han dicho, que habéis matado a tu hija y la enterrasteis en la tapia". Me puse a llorar. ¿Cómo pueden decir que he matado a mi hija? Y luego eran de un bar, huesos de pollo y carne.

Falta en esta desaparición abordar el capítulo de los/as videntes y otros supuestos expertos en búsquedas imposibles. Antonia y su hija requirieron los servicios de una reputada adivina, conocida como la "vidente de los famosos".

- Madre mía lo que nos ha sacado -dice la madre frotando los dedos índice y pulgar. Nos hizo hacer rollitos de madera, palitos pequeños liados con una lazo, que le echáramos agua bendita y lo pusiéramos bajo el colchón.

- La locura lleva a la desesperación y te crees cualquier cosa -apunta su hija Mari Carmen. Íbamos para lo de mi hermana, pero me dijo cosas a mí también. "Dentro de poco vas a encontrar trabajo, van a fallecer dos personas allegadas, vas a sufrir un aborto y te vas a quedar viuda joven porque tu marido va a tener un accidente de coche". A los 15 días de volver de Madrid me llamaron para trabajar, murieron en dos meses mi dos abuelos. Lo del aborto me pasó también. De lo que me dijo sólo me quedaba el accidente de mi marido. Y cada vez que él salía con el coche yo no comía, no dormía.

- Han hecho locuras y algunas muy peligrosas, dice la cuñada.

El mayor riesgo lo corrieron cuando ofrecieron una recompensa de tres millones de pesetas -unos 18.000 euros-, cebo que atrajo a todo tipo de alimañas.

- Antonia: Dábamos tres millones, pero cuando quedábamos con alguien llevábamos sólo uno encima. Una vez citaron a mi marido en un descampado a las afueras y cuando llegó había tres encapuchados. Menos mal que iba con él uno de los guardias civiles de paisano y con pistola.

- Mari Carmen: ¿Y cuando fuimos a Tomelloso [Ciudad Real], te acuerdas, mamá?

- Antonia: Ah sí. Un hombre que vino y me dio una tarjeta, que sabía donde estaba enterrada. Fuimos con el guardia civil de paisano haciéndose pasar por mi primo. Quedamos en Tomelloso, lo recogimos y nos llevó a un bosque . Nos hizo andar, andar, andar... No sabíamos ni donde estábamos. Iba con una medalla como un péndulo. Y nada, no encontró nada.

- Mari Carmen: Lo que quería era la recompensa como tantos.

- Antonia: Otra vez mi marido y yo nos fuimos a Cartagena [Murcia] a un barrio de drogas con el millón pensando que podía estar allí .

- Antonia, por si su hija leyera esto, ¿qué querría decirle?, le preguntamos.

- Que la quiero con locura, que no se me va de mi corazón y que si no puede contarme lo que ha pasado que no me lo cuente, pero que venga o que por lo menos me dé dos besos.

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